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El pasado 25 de septiembre de 2015 la humanidad se planteó uno de los mayores retos colectivos de toda su historia. 17 objetivos para una Agenda 2030 del Desarrollo Sostenible. Muchas empresas ya han incluido los ODS, ya sea en sus discursos, en sus estructuras formales de gestión o en sus informes de reporting financiero y no financiero. Está bien, pero atención porque esto ya lo hicimos, en su momento, con los Objetivos del Milenio, los Principios del Pacto Mundial, o con la apuesta por la Responsabilidad Social Empresarial, entre otras iniciativas. Es cierto que podemos decir que con ello hemos avanzado hacia un modelo de desarrollo más sostenible. Pero también es cierto que hemos puesto el acento en los aspectos formales, en el diseño de lo que Edgar Schein denominaba los “artefactos culturales”. Estos son necesarios en los procesos de cambio, pero no suficientes.

Para conseguir los objetivos de la agenda 2030, los que perseguimos todos juntos ahora, necesitamos ir a la raíz, escarbar en nuestros propios valores, creencias y capacidades que nos han servido para llegar al mundo que tenemos hoy. Y realizar una profunda transformación en nuestras maneras de hacer las cosas para construir desde nuestras esencias más humanas el planeta que queremos (y debemos) dejar a nuestros hijos e hijas.

Por lo tanto, el verdadero desafío de los ODS no está en nuestros discursos, en nuestros procedimientos organizativos, ni en nuestros informes de reporting; el verdadero desafío radica en escarbar en los valores, creencias y capacidades que nos han servido para construir el mundo actual y realizar, de forma decidida y valiente, una profunda transformación en nuestras maneras de hacer las cosas, para construir una cultura empresarial [radicalmente] responsable, como garantía esencial de que estamos siendo coherente entre “lo que decimos” y “lo que hacemos” para contribuir a la agenda 2030.

Necesitamos entrenar y aplicar nuestras capacidades éticas

La ética es una práctica reflexiva conjunta que parte de la necesidad de deliberar y justificar de forma participativa, desde una perspectiva racional y crítica, lo que consideramos que está bien o mal. Nos ayuda, así, a dar respuestas adecuadas a nuestros retos (las más justas, eficientes, dialogadas, prudentes, siendo las menos perjudiciales) y es una consecuencia de nuestra libertad, un proceso mediante el cuál las personas cuidamos de nosotras mismas y de los demás, protegiendo los derechos, armonizando relaciones, ayudándonos mutuamente a vivir mejor y a superar dificultades o estados de vulnerabilidad.

En la actualidad, resulta imprescindible aplicar la ética para ponernos de acuerdo con el “otro” sobre unos mínimos que nos ayuden a concretar en la práctica principios, valores, emociones, actitudes y procedimientos de diálogo que nos permitan compartir espacios comunes y construir sociedades donde poder vivir y convivir.

Y en el ámbito de las empresas y organizaciones, estos mínimos hoy en día deben alinearse con la Agenda 2030; estos objetivos sobre los que se ha establecido un consenso a nivel internacional que apunta hacia la construcción de una sociedad mejor desde su integración en la gestión de las organizaciones.

En su ponencia “Ética del Desarrollo Humano. La AGENDA 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible[1]” la Secretaría General de Cooperación Internacional para el Desarrollo explicaba cómo la Agenda se basa en un modelo ético del desarrollo humano, donde desarrollo es libertad (y pobreza falta de libertad), se apuesta por las capacidades (teoría de la justicia como equidad) y se entiende a la persona desde la autonomía moral (enfoque de derechos) para garantizar una sociedad sostenible para las generaciones presentes y futuras.

Efectivamente, los ODS nos ofrecen un marco ético para entender que “lo que está bien” en el mundo empresarial deberá alinearse con los grandes principios sobre los que se sustentan. Pero si bajamos al nivel de la integración de estos objetivos en la gestión de las organizaciones, nos encontramos con algunos desafíos a los que tendremos que dar respuesta o corremos el riesgo de que nuestra adscripción a los ODS quede en una mera declaración de principios e intenciones, sin impacto real en el día a día organizacional. Destacamos dos.

La limitada presencia de la llamada a la ética en los ODS:

Alberto Andreu y Joaquín Fernández Mateo destacaban en un artículo publicado en El País[2] que una de las limitaciones de fondo de los ODS tiene que ver con la ausencia de un llamado a la ética (más allá de lo que se recoge en el Objetivo 16 en relación con promover sociedades, justas, pacíficas e inclusivas). No se referían exclusivamente a la necesidad de luchar contra la corrupción, sino sobre todo a incluir en la Agenda 2030 algunas consideraciones sobre los nuevos debates éticos que surgirán de la aplicación de las nuevas tecnologías, que están suponiendo una nueva revolución en la manera de hacer negocio y en las responsabilidades derivadas.

El hecho de que los ODS no interpelen de una manera clara a la vinculación con la gestión ética de las empresas puede conllevar que las organizaciones no entiendan que la Agenda 2030 nos pide que incorporemos sus propuestas en nuestras formas de hacer, en nuestras estrategias y acciones, dando respuesta a los retos de nuestro entorno desde nuestro comportamiento.

El riesgo derivado de no integrar los ODS en la gestión de las organizaciones, totalmente vinculado y derivado de lo anterior:

Los ODS reconocen el papel del sector privado como motor de la productividad, del desarrollo económico inclusivo y de la creación de empleo. Y se anima a las empresas a adoptar prácticas propias que den respuesta a los retos planteados. Pero no de cualquier manera: “Las soluciones a los problemas que proponen los ODS han de actuar sobre la raíz de los problemas, impulsando para ello el comportamiento responsable de la empresa conforme a los principios éticos que persiguen el desarrollo y bienestar humanos”[3].

Según José Antonio Sanahuja[4], la Agenda “debería ser capaz de establecer una narrativa convincente y un horizonte movilizador en los años venideros, y de reflejar con claridad moral y sentido estratégico tanto las aspiraciones colectivas de progreso humano, como las responsabilidades que será necesario asumir para hacerlas realidad”.

Necesitamos transformar nuestra cultura, nuestras maneras de hacer

Y para el ejercicio de estas responsabilidades deberemos ser capaces de integrar, de verdad, desde una perspectiva práctica, los ODS en nuestros sistemas de gestión y en nuestra cultura corporativa en todas sus dimensiones:

En el ámbito de las personas [¿cómo queremos ser?]. Gestionando el talento, las formas de trabajar, las necesidades, las expectativas y el compromiso del equipo humano de manera coherente con los retos que nos plantea la Agenda 2030 (dignidad de todas las personas, reducción de las desigualdades en el interno de las organizaciones, protección de los derechos humanos, igualdad de oportunidades, empoderamiento…). La gestión del talento ético [talent responsibility] pasa por desterrar capacidades que eran incentivadas hasta ahora en nuestras organizaciones como, por ejemplo, la consecución de beneficios a corto plazo a cualquier precio, la autosuficiencia, la inteligencia racional o la opacidad y potenciar, en su lugar, el beneficio colectivo, las alianzas, la cooperación, la aplicación del diálogo, la transparencia o el desarrollo de la inteligencia emocional.
En el ámbito de los procesos [¿cómo nos organizamos y gobernamos?]. Definiendo políticas, sistemas, programas y procedimientos internos para asegurar un contexto que facilite la consecución del propósito de la organización de manera alineada con los ODS. Nuestra responsabilidad organizativa [organizational reponsibility] implica transformar los sistemas de gobernanza jerárquicos, cerrados y estancos para dar paso a otros basados en la transversalidad, en la visión global, en los espacios abiertos, en el concepto de red, en un estilo de liderazgo facilitador y transformador que potencien el reconocimiento, la participación, la deliberación y el empoderamiento.
En las relaciones con el entorno [¿con quién nos relacionamos y cómo?]. Dando respuesta a las necesidades y expectativas de los grupos de interés y de la sociedad, innovando y gestionando los procesos de adaptación a los cambios necesarios para dar respuesta a los retos de la Agenda (construcción de la paz y sociedades justas, protección del planeta y generación de prosperidad). Necesitamos una profunda transformación del significado que nos damos a nosotros mismos y a “el otro” y redefinir los principios de la relación entre ambos. El cuidado del otro [care responsibility] es una capacidad imprescindible que debemos desarrollar como personas y como organización si queremos, de verdad, contribuir de manera coherente a los objetivos de desarrollo sostenible.
En el ámbito de los resultados [¿qué impacto generamos?]. Estableciendo objetivos y sistemas, identificando indicadores financieros y no financieros para gestionar y hacer el seguimiento de nuestra contribución a los ODS. Esta es otra responsabilidad imprescindible [outcome responsibility] en la que nos queda mucho camino por recorrer. Camino que podríamos decir que es doble, por un lado, desde la perspectiva técnica, desarrollando herramientas que nos ayuden a medir los cambios, el impacto, que realmente estamos generando y, por otro, desde una perspectiva de confiabilidad en la comunicación; siendo claros, precisos y veraces y comunicando con transparencia tanto nuestros aciertos y logros como nuestros errores.
Necesitamos cambiar nuestra manera de tomar decisiones

Y, sobre todo, en el ámbito de la toma de decisiones, integrando los ODS en los procesos de deliberación, desde una perspectiva ética, para garantizar que las decisiones que tomamos refuerzan nuestro compromiso con el desarrollo sostenible y tienen en cuenta las consecuencias para las generaciones actuales y futuras. Debemos avanzar hacia sistemas de toma de decisiones valientes, que incorporen la mirada ética, la participación de todos los grupos de interés implicados y que nos aseguren la trazabilidad de cómo hemos llegado a esas decisiones.

Porque las organizaciones [radicalmente] responsables contemplan todas sus acciones u omisiones y “responden” ante todas estas cuestiones. Y no lo hacen de cualquier manera, sino que lo hacen desde la integración de la ética en el ejercicio de dichas responsabilidades. No en vano, la ética es el ejercicio consciente de todas nuestras responsabilidades. Y nuestras responsabilidades, hoy, no puede quedar al margen de la Agenda 2030 si queremos avanzar hacia una sociedad más auténtica, humana y sostenible.

 

Fuente: Diario Responsable

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